15 de septiembre de 2026

 

Existe consenso entre los investigadores respecto de cuáles son las principales brechas y beneficios que tiene la integración de la generación distribuida en la gran minería, los cuales aseguran que podría atender problemáticas como el alza de tarifas energéticas, la captura de excedentes y la continuidad del suministro.

Un escenario de múltiples desafíos contempla la integración de la generación distribuida de la energía en los procesos industriales. Esto con la intención de dar cumplimiento de la Ruta Energética 2026-2030 presentada por el Ministerio de Energía, organismo que ha puesto el énfasis en avanzar hacia un sistema energético seguro, resiliente y comparativo, que incorpore eficiencia y energías renovables para el consumo de todos los sectores productivos.

De acuerdo con expertos, los principales retos a sortear hoy son de escala, territoriales y de diseño. Sostienen que la gran minería necesita continuidad en el flujo energético para alimentar maquinaria de gran tamaño, así como también consideran que es necesario entender los perfiles de consumo, las características de la red eléctrica de las faenas y la complementariedad que pueda existir entre generación, almacenamiento, eficiencia energética y gestión de la demanda.

Así lo confirman a Revista Nueva Minería y Energía los académicos de la Facultad de Ingeniería y Ciencias de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI) y miembros de CENTRA, Víctor Pérez y Rodrigo Moreno. “El primer desafío es de escala y perfil. Una faena grande demanda potencia firme 24/7, con factores de carga cercanos al 90%, mientras la generación distribuida es modular y diurna. Sin almacenamiento de 4 a 8 horas recorta el bloque solar del consumo, pero no reemplaza suministro firme”, comentan.

“El segundo es de integración eléctrica. La red interna convive con molinos SAG, chancado y bombeo, donde una caída de tensión de segundos cuesta horas de producción. Incorporar inversores exige rediseñar coordinación de protecciones, niveles de cortocircuito y calidad de potencia bajo la norma técnica vigente”, complementan los académicos.

A esto se suma el desafío que impone el escenario geográfico al que enfrentarían instalaciones como paneles solares, baterías de almacenamiento o generadores, marcados principalmente por la presencia de relaves, polvo en suspensión, altura, dificultades logísticas y su alejamiento de centros urbanos.

“El tercer desafío es territorial. La radiación del norte es excepcional, pero la superficie está comprometida con rajo, botaderos y relaves, y el activo dura 25 años, mientras el plan minero se reordena cada ciclo. Se suman altura, ensuciamiento por polvo en una zona sin agua para limpieza, la seguridad de baterías de litio en ambientes confinados y la ciberseguridad de los sistemas de control que se agregan a la operación”, puntualizan Pérez y Moreno.

Beneficios

Sobre los beneficios que trae a la minería nacional adentrarse en el empleo de tecnología para almacenar y distribuir energía limpia dentro de las faenas, los académicos de la Universidad Adolfo Ibáñez postulan que estos permiten paliar situaciones operacionales como las alzas tarifarias, la captura de excedentes, CAPEX modular, entre muchas otras.

“No lo plantearíamos como descarbonización, porque la gran minería ya hizo lo que tenía sentido, cerrar contratos de largo plazo de suministro renovable, donde casi todas declaran meta de 100% renovable a 2030. El alcance 2 está resuelto por contrato. Lo que queda es diésel, calor y continuidad operacional. El argumento fuerte es productividad y resiliencia, ya que la energía representa del orden de 15% a 20% del costo operacional, pero una hora detenida en una concentradora cuesta un orden de magnitud más que la energía consumida en esa hora, y el apagón nacional de febrero de 2025 lo dejó a la vista”, explican.

Entre los beneficios concretos destacan la cobertura frente a alzas tarifarias y volatilidad de peajes; captura del excedente solar que hoy se vierte; habilitación de la electrificación de flota sin pagar refuerzos de red; y CAPEX modular, con plazos de 12 a 18 meses, en una industria acostumbrada a proyectos de una década.

El aporte de la generación distribuida a la minería nacional, complementan los académicos, se traduce principalmente en la incorporación de familias tecnológicas con madurez distinta, como son híbridos fotovoltaico-baterías con inversores grid-forming, capaces de formar red y aportar inercia sintética, gobernados por un sistema de gestión con pronóstico solar, que permite convertir una planta solar en infraestructura operacional.

Otra familia, agregan, son las soluciones modulares y transportables, con plantas fotovoltaicas y torres solares con almacenamiento para iluminación crítica, seguridad perimetral, conectividad, campamentos y exploración minera. “Su atractivo es que se mueven con el frente de trabajo, y ya hay experiencia en múltiples operaciones de la gran minería”, expresan.

“También están presentes soluciones de calor solar de proceso, la oportunidad más subvalorada y que ya presenta pilotajes en el Parque Laguna Carén, donde está la primera planta de vapor solar del país. Finalmente destaca la electrificación de flota, sobre todo en minería subterránea, que reordena todo lo anterior. Al pasar de diésel a baterías, la generación local con almacenamiento deja de ser un ahorro marginal y pasa a ser el amortiguador que evita pagar refuerzos de conexión”, especifican.

Integración

Para el jefe del Área de Energías Renovables de la Agencia de la Sostenibilidad Energética (AgenciaSE), Claudio Pérez, la Ruta Energética 2026–2030 del Ministerio de Energía marca la pauta, ya que establece como uno de sus compromisos alcanzar al menos 1 GW de capacidad instalada de generación distribuida al año 2030, prácticamente duplicando la capacidad existente a abril de 2026. Además, revela que se plantea alcanzar 65.000 nuevos sistemas solares fotovoltaicos para autoconsumo en distintos sectores, incluyendo el comercial, agrícola e industrial.

Es por eso por lo que uno de los principales desafíos es lograr que la generación distribuida se integre adecuadamente a procesos industriales que requieren altos niveles de continuidad, seguridad y calidad de suministro. “En minería no basta solamente con instalar capacidad renovable: es necesario entender los perfiles de consumo de cada proceso, las características de la red eléctrica de la faena y la complementariedad que puede existir entre generación, almacenamiento, eficiencia energética y gestión de la demanda”, precisa.

“A ello se suman condiciones particularmente exigentes para los equipos, como grandes variaciones de temperatura, polvo, altura geográfica, dificultades logísticas y largas distancias respecto de centros urbanos”, agrega Pérez.
Asimismo, considera que, existen brechas de diseño, argumentando que no todas las cargas de una operación minera requieren ser abordadas de la misma manera. “La generación distribuida puede ser especialmente atractiva para consumos auxiliares, campamentos, plantas de tratamiento y bombeo de agua, talleres, bodegas, edificios administrativos o instalaciones alejadas de la red principal de la faena. En estos casos, soluciones fotovoltaicas combinadas con almacenamiento pueden reducir costos y, al mismo tiempo, aumentar la resiliencia energética”, comenta.

Esto es particularmente relevante en el contexto de la Ruta Energética 2026–2030, que pone un énfasis importante en avanzar hacia un sistema energético más seguro, resiliente y competitivo, y en incorporar eficiencia energética y energías renovables para autoconsumo en todos los sectores productivos.

La prioridad, de acuerdo con los expertos consultados, no es solamente aumentar la cantidad de instalaciones, sino generar las condiciones para que la generación distribuida se integre de manera costoeficiente y entregue beneficios concretos a los consumidores.

 

Gentileza Revista Nueva Mineria y Energía